¿Una potencia amigable?


La presencia económica, política y diplomática de China en América Latina es cada vez más influyente. Esa incidencia ha dado un notorio salto geopolítico en el inicio del siglo XXI. No es casual que, a diferencia de la centuria pasada –denominada en la literatura de las relaciones internacionales como “el siglo americano”-, la actual coyuntura mundial sea catalogada en cambio por la academia como “el siglo del Pacífico”. Beijing rivaliza con la principal potencia mundial, Estados Unidos, en todos los planos. En consecuencia, la disputa por la primacía global tiene lugar en la región, un territorio donde Washington mantuvo por décadas un tutelaje unilateral.


Hacia el año 2000, China recibía apenas el 1,1% del total de exportaciones de América Latina y era el origen del 1,8% de las importaciones. Para el año 2017 dichos ratios son 10,4% y 17,8% respectivamente. Los vínculos comerciales se intensificaron especialmente con los países sudamericanos y México. En la actualidad, China es el primer o segundo origen de las importaciones de cada país, y uno de los principales destinos de exportaciones.


El peso de la economía china también va in crescendo en Argentina. Ernesto Fernández Taboada, director de la Cámara Argentino-China de la Producción, la Industria y el Comercio, resalta en un informe de su sector que el país asiático es el principal cliente de alimentos argentinos: “compra el 88% de los granos de soja, 64% de la carne, 34% del pollo, 30% de las semillas y 12% de la pesca (incluido el 50% del calamar), además de vinos, mermeladas, y frutas como arándanos, uvas y cerezas. Eso sí, durante 2018 el déficit comercial argentino con China alcanzó un récord de 7.235 millones de dólares, 16% más que en el mismo lapso de 2017”.


Recapitulando, el presente informe servirá como introducción de un tópico, la incidencia de China en el Cono Sur, que luego iremos profundizando a partir del trabajo más exhaustivo sobre segmentos analíticos específicos. En los últimos años la potencia asiática ha ido escalando grados de influencia a nivel planetario con proyectos de hondo calado como la llamada Iniciativa de la Ruta y la Seda –un corredor comercial intercontinental-, o el emplazamiento de una arquitectura financiera autónoma, objetivo que materializa ganando cuotas de poder en los organismos internacionales o generando bancos multilaterales propios.


Esos vectores comienzan a enraizarse en la región. Siguiendo esa hoja de ruta, el siguiente documento, que toma la voz de académicos argentinos en la cuestión china, busca indagar qué tipo de ascendencia construye la potencia asiática en el arco interamericano. ¿China ejerce una dominación suave y sin intromisión en los asuntos domésticos de los países de América Latina? ¿Sus inversiones y planes de crédito exigen las mismas condicionalidades de Occidente? A su vez, ¿El comercio entre la región y Beijing reproduce la lógica deficitaria y primarizante entre centro y periferia?


China y el sur global


En principio, buscamos preguntarnos si el diálogo con China es una conversación de iguales. El relieve de Beijing en el escenario global es superior al evidenciado por el Cono Sur; por lo tanto, eso presupone una respuesta negativa. Sin embargo, la heterodoxa diplomacia comercial del país asiático, y su estructura política y económica centralizada, difiere con el perfil gubernamental y la agenda de trabajo económica manifestado por las potencias occidentales. Los contornos de una potencia no occidental, con economía centralizada, y poco desarrollada unas décadas atrás, requieren entonces de una respuesta con matices.


En segundo lugar, la modificación del escenario global a partir de la llegada al gobierno de Donald Trump, y el posterior giro “aislacionista” de EE.UU., modifica las categorías analíticas con las que se venía pensando el mundo. Por ejemplo, en las últimas reuniones de la Organización Mundial del Comercio, China defendió una agenda más aperturista que la de los Estados Unidos.


Ariel Slipak, Licenciado en Economía e integrante del Grupo de Estudios de Geopolítica y Bienes Comunes, y Luciana Ghiotto, Doctora en Ciencias Sociales y Colaboradora del Transnational Institute (TNI), plantean en un reciente paper académico trabajado de forma conjunta que “China practica con cada país una estrategia diferenciada y flexible para desembarcar con inversiones o financiamientos. No posee un único manual para hacerlo, sino que de manera pragmática se acomoda a las idiosincrasias políticas de cada país. Los TLC (tratados de libre comercio) chinos tienen un lenguaje que representa compromisos más generales y no tan exhaustivos, a la vez que no siguen un modelo específico, sino que cada TLC va a depender de la contraparte. Estas diferencias se hacen evidentes, por ejemplo, al ver los tratados firmados con países más industrializados y con otros países de menor nivel de industrialización. Estamos, en definitiva, frente a tratados flexibles y a-la-carta; es decir que se evalúa caso por caso, sin mediar un modelo preestablecido. La actitud de los negociadores chinos resulta ser altamente pragmática”.


A su vez, los especialistas mencionados advierten que la presencia china en la región mantiene las asimetrías históricas en el diálogo entre metrópolis y periferia. “La intensificación de la demanda de productos primarios vinculados con el sector alimentario, minero y energético en general, que se vincula con la estrategia de seguridad de este país, lo llevan a tener que delinear una estrategia, en la cual, como cada gran potencia con intereses geopolíticos y geoeconómicos en todo el globo, intenta moldear el mundo a sus propias necesidades. No podemos referirnos ya a China como un país del sur global o simétrico con los países latinoamericanos”, remarcan Slipak y Ghiotto.


Luciano Bolinaga, parte del Programa de Estudios Posdoctorales de la Universidad Nacional de Tres de Febrero (UNTREF), comienza advirtiendo en una investigación de su autoría que China oficializó en el año 2008 un texto crucial de su política exterior para comprender el carácter de su vínculo con América Latina. “Ese año Beijing da a conocer su Libro Blanco sobre Política de China hacia América Latina y el Caribe donde campea un lenguaje muy idealista con conceptos claves como ‘desarrollo pacífico y la estrategia de apertura basada en el beneficio recíproco y la ganancia compartida’; ‘amistad y la cooperación con todos los países sobre la base de los Cinco Principios de Coexistencia Pacífica’; ‘complementariedad comercial’; ‘ampliar y equilibrar el comercio bilateral’; entre otros. De estos cinco principios de coexistencia pacífica hay dos que detonan diferencias importantes con la naturaleza del Consenso de Washington: ‘la no injerencia en asuntos internos’ y el ‘respeto por la soberanía y la integridad territorial”, detalla Bolinaga.


Por otro lado, Bolinaga subraya una característica de la diplomacia comercial oriental que la diferencia del manual estadounidense: “Otra distinción china es la primacía del bilateralismo sobre el multilateralismo. Al momento en que el Área de Libre Comercio de las Américas naufragaba en la IV Cumbre de las Américas en la ciudad de Mar del Plata (noviembre de 2005), Beijing entendió que las negociaciones multilaterales reducen las asimetrías de poder y que Estados Unidos no lograba imponer sus intereses en consecuencia”.


Por último, el especialista de la UNTREF resalta otro documento oficial chino, que ocho años después del Libro Blanco mencionado, jerarquiza a la región como una fuente proveedora de recursos primarios. “En 2016, China presenta un nuevo Libro Blanco sobre Política China hacia América Latina, donde se refuerza aún más la importancia de América Latina como proveedora de recursos naturales. La primera parte se titula ‘América Latina y Caribe – Tierra Maravillosa’. De modo que el Consenso de Beijing viene a fundamentar un esquema de vinculación asimétrico, basado en la lógica de la ventaja comparativa y complementación comercial, que supone la explotación a gran escala de los recursos naturales por medio del capital financiero chino”, puntualiza Bolinaga.


Por otro lado, en el texto “Las relaciones entre China y América Latina en la segunda década del siglo XXI”, los sociólogos mexicanos Eduardo Crivelli Minutti y Giuseppe Lo Bruto consideran que China constituye, a diferencia de Estados Unidos, un liderazgo internacional favorable a las aspiraciones autónomas de América Latina.


“El ascenso de China como potencia y polo de influencia económica presenta un riesgo y un desafío al sistema hegemónico internacional actual. En los marcos de la NEE (Nueva Economía Estructural), la cooperación china va más allá de producir ganancias rápidas, pues al enfocarse en la reducción de la pobreza y un crecimiento inclusivo y sustancial se fomentan las ventajas comparativas en sectores de infraestructura a través de subvenciones, préstamos y otros arreglos financieros con una lógica ganar/ganar tanto para China como para sus socios”, enfatizan y, en paralelo, remarcan que: “China no impone condicionamientos controlando la transparencia ni la eficiencia de sus préstamos, mientras que organismos del Consenso de Washington, como el Banco Mundial o el Fondo Monetario Internacional, exigen declaraciones financieras o informes de evaluación a los prestatarios”, esgrimen.


En la misma perspectiva de los últimos autores mencionados, los economistas Justin Yifu Lin y Yan Wang, ambos de la Universidad de Pekin, precisan que China se interrelaciona en una lógica basada en un principio rector de su política exterior denominado “lo que yo tengo, con lo que tú tienes”. “Desde esta perspectiva, en el marco de una Nueva Economía Estructural, sería inútil hacer una comparación entre la Ayuda al Desarrollo tradicional y la ayuda que otorga China, pues como bien se ha mencionado, el país asiático estaría operando bajo una lógica de Cooperación Sur-Sur ampliada, incluyendo comercio e inversión”, complementan los académicos mexicanos.


Por último, Rubén Laufer, investigador en Historia de las Relaciones Económicas Internacionales, aporta números que grafican la consolidación de dos tendencias en el vínculo comercial entre China y la región: el volumen en alza del flujo económico y la primacía del sector primario en nuestras exportaciones. “En 2018 el volumen del comercio bilateral China- América Latina alcanzó un récord de 307.400 millones de dólares, lo que significó un aumento del 18,9% respecto al año anterior, consolidando su posición como segundo mayor socio comercial de la región. Pero, en las exportaciones de la región a China siguen siendo ampliamente dominantes los productos primarios y manufacturas basadas en recursos naturales, de los que más de la mitad está constituida por apenas cinco productos: soja, petróleo, cobre, hierro y plata”, detalla Laufer.


Arquitectura financiera


Estados Unidos basa su primacía global en dos factores: el poder militar, y el control del dólar como patrón monetario global. China edifica políticas para disminuir la brecha con su rival en los dos campos; sin embargo, es en el terreno financiero donde la potencia asiática descuenta cada vez más terreno con EE.UU. gracias a la instrumentación de canales crediticios propios, lo que hace aumentar la referencia del yuan como valor de intercambio internacional.


“Unas 111 empresas de las 500 de mayor facturación global son de capitales de aquel país (en su mayoría estatales o mixtas). Esto le permitió a China exigir en los últimos años la reforma del sistema de instituciones creado por Bretton Woods. Sus esfuerzos derivaron en que el Fondo Monetario Internacional accediera al ingreso del Renminbi en los Derechos Especiales de Giro, la moneda compuesta del organismo”, remarcan Slipak y Ghiotto.


Pablo Nemiña, profesor en la Universidad Nacional de San Martín (UNSAM) y coautor de Neoliberalismo y Desendeudamiento. La relación Argentina – FMI, realizó a inicios de 2019 una ponencia en FLACSO Argentina sobre el ascendente rol de China en la nueva arquitectura financiera global.


A continuación compartimos los ejes más significativos de su presentación. “¿Cuáles son las características de la política financiera internacional china? ¿Cuáles son las implicancias de esa política sobre América Latina? Desde los finales de los años 90 la orientación de Beijing en ese segmento está basada en cuatro ejes. Primero, tratar de influir en la gobernanza financiera global. Es decir, ampliar la voz y la capacidad de decisión que tienen los países emergentes en los procesos de hechuras de normas en organismos influyentes como el FMI o el Banco Mundial. Segundo lugar, tratar de crear una red financiera alternativa de corto plazo. Es decir, generar mecanismos crediticios que desplacen a los del FMI. Tercer punto, generar una red de financiamiento de desarrollo alternativa con financiamiento de proyectos de largo plazo para desafiar el rol del Banco Mundial en ese capítulo. Por último, buscar la internacionalización progresiva de la moneda china como nuevo patrón monetario global”, resume Nemiña.


A su vez, Pablo Nemiña advierte que: “La red financiera china busca generar mecanismos de financiamiento que les permitan a los países recurrir a una línea de crédito por afuera del circuito tradicional del Fondo. Tres hitos a mencionar: la iniciativa Chiang Mai. Creada como respuesta a la crisis del sudeste asiático, fue impulsada junto a Japón y Corea del Sur, y contó con el apoyo de los países que conforman el bloque ASEAN. Es un pool multilateral de reservas, hoy ese fondo acumula 240 mil millones de dólares. Unos años después China lideró a partir de la creación del bloque BRICS una iniciativa de conjunción de reservas parecida. Esos países ponen a disposición, entonces, un fondo de 100 mil millones de dólares. Por último, China encara una política de swaps muy activa a partir de la firma de acuerdos bilaterales. Hoy el swap chino comprende un tercio de las reservas argentinas. China tiene firmado 35 swaps por 500 mil millones de dólares. Los convenios más importantes fueron acordados con el Reino Unido, Singapur, Corea del Sur. En la región tiene pactado swaps con Argentina, Brasil y Chile”.


Por último, el profesor de la UNSAM concluye que: “En lo fundamental, China busca generar una red de financiamiento alternativa para apalancar procesos de desarrollo. Acá China busca competirle al Banco Mundial dando créditos de largo plazo a una tasa de interés baja. Tres iniciativas a resaltar. La primera, el Banco Asiático de Infraestructura e Inversión, un proyecto multilateral liderado por China, y resistido por Japón y EE.UU. porque supone un desafío al Banco Asiático de Desarrollo, el socio del BID en la región. Esa tensión se dirime cuando el Reino Unido aprueba ese proyecto y en su decisión arrastra a buena parte de Europa. Hoy ese Banco tiene 60 miembros y cuenta con un capital de 100 mil millones de dólares. La línea de préstamos está concentrada en Asia y Egipto. Lo destacable del AIBE, por sus siglas en inglés, es que su agenda de inversiones está orientada para reforzar la llamada Ruta de la Seda china. Entonces deber ser visto como un instrumento de financiamiento complementario para apoyar una estrategia de desarrollo china”.


La Franja y la Ruta


La Iniciativa de la Franja y la Ruta (BRI, pos sus siglas en inglés) es el mayor proyecto de expansión china. Se trata de un corredor terrestre y marítimo intercontinental por donde el gigante asiático busca asentar grandes proyectos de infraestructura que permitan canalizar el comercio global en función de sus intereses. La Iniciativa es reciente y, por el momento, encuentra un mayor eco de respuestas en Asia y África, donde China está suscribiendo alianzas con distintos países. En América Latina, por el momento, la respuesta de los gobiernos es dispar. Pero, todos los países de la región tienen abiertas negociaciones diplomáticas para firmar su ingreso con las mejores condicionales posibles a un acuerdo de desarrollo que, sus detractores, califican como “un Plan Marshall a la china”.


“Anunciada por Xi Jinping en 2013 se trata de una mega iniciativa de desarrollo de corredores económicos que vinculan comercial y productivamente a países de Europa, múltiples regiones de Asia y el Norte de África. Este megaproyecto, que consiste en la realización de grandes obras de infraestructura que van desde ferrocarriles de alta velocidad, extensas carreteras, puentes, túneles, puertos, aeropuertos, redes eléctricas y de transmisión de datos, plantas de energía y hasta el rediseño y mejoras en centros urbanos, involucra al menos a 70 países y podría incorporar incluso a otras regiones”, reseñan Slipak y Giotto.


“El proyecto BRI cumple varios roles para China: le permite dar solución a problemáticas internas, como las desigualdades entre el Oeste y el Este, apuntalando a su vez el aseguramiento de materia y energía. Pero, también es una gran generadora de consensos, ya que varios países de la periferia global (e incluso varias potencias), encuentran en China a un financista de grandes obras de infraestructura, mientras que encuentran en EE.UU. a un país cerrado al comercio o proteccionista. En ese sentido, es un mega-proyecto de que implica la necesidad de moldear el mundo a las necesidades de China, tanto en términos económicos como institucionales”, complementan Slipak y Giotto.


En resumen, la presencia china en América Latina sigue tres vectores: es determinante y va en aumento; dos, redefine el histórico tutelaje estadounidense; por último, si bien modifica el tradicional rol de la metrópoli, el vínculo con la región replica buena parte de la lógica centro periferia.


En diálogo Fundación SES, la profesora de FLACSO Juliana González Jauregui, Titular de la Cátedra “Estudios sobre China en el mundo actual”, remarca, precisamente, que los contornos cada vez más nítidos de la estrategia de expansión china en el Cono Sur carecen de un correlato por parte del arco interamericano, hoy desmembrado en varios y contrapuestos bloques políticos y económicos. “Hay que pensar cómo posicionarnos frente a China de manera de lograr que la relación sea de mutuo beneficio real, donde exista transferencia tecnológica, y el vínculo con el país asiático no replique condiciones de antaño como los que supimos conseguir con Gran Bretaña y EE.UU., por ejemplo”, aclara González Jauregui.


La señalada fragmentación del bloque latinoamericano para interactuar con una potencia como China va a la par del descenso de la región en indicadores que grafican cómo influye cada bloque regional en el concierto global.


El profesor Juan Gabriel Tokatlian brinda datos relevantes sobre esto último en un artículo suyo en la revista argentina Crisis: “Datos de la CEPAL revelan que la participación latinoamericana en el total de exportaciones mundiales fue del 12% en 1955 mientras en 2016 cayó al 6%. De acuerdo con la Organización Mundial de Propiedad Intelectual, en 2006 la solicitud de nuevas patentes proveniente de América Latina era del 3% (las de Asia eran el 49,7%), pero en 2016 bajamos a 2% (al tiempo que Asia aumentó a 64.6%). La firma Global Firepower ha confeccionado un índice de poder militar: en 2006 Brasil, México y Argentina ocupaban, respectivamente, las posiciones 8, 19 y 33; en 2018 Brasil está en el puesto 14, México en el 32 y Argentina en el 37. En el ranking sobre poder blando elaborado entre la University of Southern California y la consultora Portland, Brasil se ubicó en el lugar 23 en 2015, en el 24 en 2016 y en el 29 en 2017”.


En conclusión, el ascenso de China en el concierto global fuerza el diseño de una política regional conjunta con el país asiático. Pero, Latinoamérica carece en la agenda china de una visión unívoca. Esa falta de complemento tiene varias explicaciones: las élites regionales tienen intereses diversificados a escala global y mucho de nuestros gobiernos leen e interactúan con la potencia china influenciados por la voz estadounidense, que intenta recuperar protagonismo en el arco zonal.



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