La mesa vacía

May 17, 2019

El concierto de países sudamericanos carece hoy de un articulado político regional común. Existen, eso sí, convergencias de índole económica como el MERCOSUR –con eje territorial en la Cuenca del Plata- y la Alianza del Pacífico –que recorre el arco andino hasta México-. Pero, se tratan de acuerdos aduaneros o acoples en la cadena productiva doméstica.

 

En paralelo al retiro de siete gobiernos –entre ellos, Argentina- ante el bloque UNASUR (Unión de Naciones Sudamericanas), han emergido mesas de coordinación zonal con un sesgo más ideológico, como el Grupo de Lima y el naciente ProSur (Foro para el Progreso y Desarrollo de América Latina), cuyas agendas de trabajo coinciden casi a pleno con los intereses de los EE.UU. en el Cono Sur. En conclusión, luego de muchos años, el subcontinente carece de una instancia de diálogo para contener a todas las administraciones, más allá de su color político y perfil de inserción regional.

 

En consecuencia, Sudamérica adolece de un entramado institucional que pueda vehiculizar posiciones comunes ante los desafíos más sensibles de la coyuntura interamericana y global: agenda antinarcóticos, políticas de arraigo ante los flujos migratorios, criterios para definir la “amenaza terrorista”, establecimiento de “cláusulas democráticas” sin la intromisión de actores extrarregionales en ese debate.  Esos debates se canalizaron, precisamente, en la UNASUR durante la última década.

 

Recapitulando, la UNASUR –hoy con apenas cuatro socios plenos: Venezuela, Bolivia, Uruguay y Surinam- logró forjar un escudo zonal estratégico en el campo político: frenó una alzada separatista iniciada por los departamentos territoriales ricos contra el naciente gobierno del presidente boliviano Evo Morales, medió entre los presidentes de Venezuela, Hugo Chávez, y Colombia, Álvaro Uribe, cuando la alianza de Bogotá con EE.UU. para combatir el accionar de la guerrilla FARC forzó un fuerte diferendo entre los dos Estados, y clausuró el putsch policial contra la entrante administración de Rafael Correa en Ecuador.

 

Pero, a su vez, la UNASUR nunca estableció un articulado institucional sólido. La dinámica del bloque estuvo marcada siempre por el accionar de sus Jefes de Estado. El horizonte estratégico de la entente estuvo signada por lo que suele llamarse una “diplomacia de cumbres”. Pero, Néstor Kirchner (Argentina), Luiz Inácio Lula Da Silva (Brasil), Rafael Correa (Ecuador), Evo Morales (Bolivia), luego Dilma Rousseff (Brasil), o Cristina Fernández (Argentina) no sostenían a la UNASUR motivados por criterios populistas.

 

En realidad, cada gobierno tenía en UNASUR un aliado táctico para fortalecer su proyecto estratégico nacional. De esa manera, Brasil ascendía como global player en ámbitos multilaterales, caso Naciones Unidas y la Organización Mundial de Comercio, entre otros motivos por ser el interlocutor de la región en los grandes temas de la agenda global. A su vez, Bolivia sumaba cuotas exportadoras de gas al interior de Sudamérica gracias a la distención diplomática con sus vecinos; de la misma manera Venezuela, presidida por Hugo Chávez, también ampliaba su política petrolera hacia el sur porque participaba de una mesa común con sus pares zonales.

 

La UNASUR era un paraguas político, un consenso, una hoja de ruta. Los mandatarios adherentes a lo que se llamó el boom progresista sudamericano partían de la siguiente tesis: primero, suscribir un acuerdo político; luego, expandir esa sinergia hacia lo económico. Y, como corolario, advertir a las potencias no regionales la voluntad de Sudamérica en ser un actor unificado.

 

Soplan otros vientos

 

El 14 de marzo del presente año Ecuador renunció de forma pública a seguir perteneciendo a la UNASUR. Tras las deserciones de los socios más grandes del organismo –Colombia, Chile, Argentina, Brasil-, el retiro de Quito certificó prácticamente el punto final del bloque nacido en el 2008. Además, la ida del país andino implicó un golpe significativo porque en Quito se erigió el edificio de la Secretaría General del organismo, un moderno edificio costeado por Correa, escudado en su entrada con una estatua del ex presidente argentino Néstor Kirchner. Ahora, esa nave es un elefante blanco. Con Ecuador afuera, la UNASUR queda reducida a una mesa integrada por cuatro actores estatales: Bolivia, Uruguay, Venezuela y Surinam.

 

Los presidentes impulsores del Foro ProSur suelen minimizar a la UNASUR como un proyecto ideológico. Sin embargo, uno de los mandatarios más activos del bloque fue el presidente colombiano Álvaro Uribe. ¿Era acaso Uribe un líder populista? No, el Jefe de Estado caribeño entendió que en la UNASUR se debatían las decisiones estratégicas de la zona. Uribe pactó el Plan Colombia, la mayor alianza geomilitar de Sudamérica con el Comando Sur para erradicar a la guerrilla de las FARC. Sin embargo, Uribe no renunció, como lo hacen ahora mandatarios de su mismo tenor partidario, a la UNASUR. Ese fue un logro político, entonces, del eje progresista que en ese momento era hegemónico en el Cono Sur. Tender puentes, construir consensos.

 

Claro, el triángulo conductor del espacio –Venezuela, Argentina, Brasil- no resignaba retroceder en el norte estratégico diseñado. Pero, esos gobiernos entendían que la mesa integracionista crecía al sumar heterogeneidad política y comercial. Todo lo contrario a lo expuesto en la línea fundacional de ProSur, donde el nuevo eje conservador –Argentina, Brasil, Chile, Colombia- pretenden uniformidad ante temas más candentes como la crisis venezolana.

 

Recapitulando, la UNASUR ha dejado gravitar en la discusión política regional de los últimos años. Nicolás Comini, Doctor en Ciencias Sociales por la UBA, planteó en una reciente columna de opinión por qué, según su mirada, el desplome de la UNASUR contribuyó a agravar las tensiones en Venezuela.

 

“En el año 2008 la UNASUR resolvía una grosera crisis en Bolivia y contenía las presiones separatistas que provenían de los departamentos de Oriente del país. Nueve años más tarde los mismos países contribuyeron activamente a la agudización de la grave situación por la que atraviesa Venezuela. En ese sentido, puede asegurarse que la responsabilidad latinoamericana en la actual coyuntura es notable, en el peor de las acepciones de la palabra”, advierte Comini.

 

Finalmente, el viernes 22 marzo nació en Santiago de Chile el Foro zonal denominado “ProSur”. Con Mauricio Macri, el local Sebastián Piñera y el mandatario colombiano Iván Duque como principales impulsores, la entente conservadora debutó “para sepultar a la UNASUR” y, a su vez, criticar con dureza al “régimen venezolano”. ProSur es, por ahora, una proclama ideológica, y no mucho más. Se desconoce su programa económico, político e institucional. Macri y sus aliados parecen, más bien, hacer revanchismo contra el proceso de integración regional hegemónico en los inicios del siglo XXI.

 

En el documento fundacional, entonces, del Foro para el Progreso y Desarrollo de América Latina –denominado “La Declaración de Santiago”- los mandatarios sudamericanos reunidos en la capital chilena –aparte de Macri, Duque, Piñera, Jair Bolsonaro (Brasil), Mario Abdo Benítez (Paraguay), Lenin Moreno (Ecuador), Martín Vizcarra (Perú)- convocan a “construir y consolidar un espacio regional de coordinación y cooperación, sin exclusiones, para avanzar hacia una integración más efectiva que nos permita contribuir al crecimiento, progreso y desarrollo de los países de América del Sur”.

 

¿Qué más sabemos de ProSur? Hay una declaración reciente, previa a la reunión en Chile, del presidente colombiano Iván Duque que denota la ambigüedad fundacional del organismo: "Hemos venido avanzando en el final de Unasur y la creación de Prosur, que más que una organización burocrática será un organismo de coordinación suramericana, de políticas públicas, en defensa de la democracia, la separación de poderes y la economía de mercado”.

 

Juan Gabriel Tokatlian,  Profesor Plenario de la Universidad Di Tella, detalló en un artículo periodístico las incongruencias del Foro ProSur y, a su vez, planteó cuáles son los factores geopolíticos que precipitaron la crisis de la UNASUR.

 

“Desde 2014 se manifestaron cuestiones que facilitaron la irrelevancia y el declive de UNASUR: a) el gradual desinterés de Brasil de invertir recursos diplomáticos en América del Sur; b) la desafortunada elección del ex presidente Ernesto Samper al frente de la Secretaría General de la Unión de Naciones Suramericanas; c) la acefalía en la conducción de UNASUR desde principios de 2017 en medio de distintas estrategias simultáneas de diferentes países destinadas más a la obstrucción de candidaturas que al logro de un candidato de consenso; d) el fracaso de las gestiones de buenos oficios auspiciadas por UNASUR con la participación de los ex mandatarios José Luis Rodríguez Zapatero, Leonel Fernández y Martín Torrijos, ante la profundización de la crisis en Venezuela en el marco de irresponsabilidades compartidas por parte del gobierno y de la oposición; e) el establecimiento del llamado Grupo de Lima en agosto de 2017 con el fin de debilitar, cercar y aislar al gobierno de Nicolás Maduro en Venezuela; f) la mediocre presidencia pro tempore de la Argentina entre abril de 2017-abril 2018 que nunca citó una cumbre de mandatarios, de cancilleres o de ministros de Defensa; g) la suspensión de la participación de la Argentina, Brasil, Chile, Colombia, Perú y Paraguay en el bloque sudamericano justo cuando la presidencia pro tempore pasaba a Bolivia; y h) la salida definitiva de Colombia (agosto 2018) y Ecuador (marzo 2019) del mecanismo de concertación”, enumera Tokatlian.

 

Balance

 

El bloque UNASUR nace, finalmente, en el año 2008. En los años previos, la diplomacia de Itamaraty, con el consenso de los otros dos grandes actores comerciales de Sudamérica –Venezuela y Argentina- fue impulsando mesas de concertación con nombres diferentes –como la Comunidad Sudamericana de Naciones- aunque con un mismo horizonte estratégico: sellar, alambrar un área de influencia propia, apartándose de la zona de irradiación comercial donde juega fuerte la segunda economía latinoamericana: México.

 

¿Cómo se gestionaba el proceso de toma de decisiones en UNASUR? En principio, estaba el Consejo de Jefes de Estado; un escalón abajo pesaba la voz del Secretario General, que se elegía por consenso entre los mandatarios; por último, existían quince Consejos de coordinación política, donde los ministros de cada uno de los países, ya sea de Salud, Infraestructura, Educación, trataban de ajustar políticas comunes para el resto del bloque. Por lo tanto, es visible que el bloque sudamericano nacido en 2008 nunca pretendió fijar una postura económica unificada.

 

El criterio, repetimos, pasaba por sellar una hoja de ruta política consensuada. En ese sentido, la UNASUR no era un bloque de articulación plena como lo es la Unión Europea, donde sus miembros participan de un mismo Parlamento y hasta poseen un patrón monetario común. No, las metas de UNASUR eran más reducidas pero mucho más nítidas con respecto a los objetivos fijados por el naciente ProSur, donde salvo pronunciamientos contra el “régimen bolivariano”, no se avizora el entramado de un entendimiento político.

 

Por el contrario, más allá del poco enraizamiento institucional de la UNASUR, de su burocracia express, el bloque logró establecer un sólido parámetro de reglas democráticas que sirvieron como frontón contra una oleada de proyectos desestabilizadores de nuevo tipo.

 

“La Cláusula Democrática fue el elemento que se constituyó en el aporte más relevante de la UNASUR frente a este tipo de situaciones complejas y en el que los principios constitucionales terminan siendo vulnerados. Dicha Cláusula, ya convertida en Protocolo Adicional al Tratado Constitutivo, fue finalmente aprobada en la IV Reunión Cumbre Ordinaria de la UNASUR realizada el 26 de noviembre de 2010 en Guyana”, precisa el profesor universitario Daniel Kersffeld en un paper de su autoría.

 

Conclusiones

 

La UNASUR encorsetó en un diálogo político a la región y blindó a la misma para frenar los golpes de Estado de nuevo tipo. Pero, al mismo tiempo, no forjó políticas institucionales de largo plazo para hacer frente a los posibles abruptos cambios de clima político, una coyuntura a la que hoy asistimos.

 

Sin embargo, el consenso político alcanzado en Unasur sirvió para que la región comenzara a darse discusiones económicas de índole estratégica. De esa manera, surgieron en carpeta la posibilidad de avanzar en proyectos de hondo calado que finalmente no se concretaron como el Gasoducto del Sur, el Banco del Sur, o la intención de avanzar en una moneda común.

 

La profesora Mónica Bruckmann recuerda además el intento para dotar de valor agregado a la poderosa plataforma de recursos naturales que hay en la región.  “En mayo de 2012 tuvimos la primera reunión de recursos naturales y desarrollo integral de la UNASUR en Caracas. A partir de esa reunión se realizaron encuentros sectoriales y se impulsaron diferentes instrumentos, por ejemplo la creación de un servicio geológico sudamericano. Era fundamental disponer de data geo-científica de recursos naturales como instrumento de soberanía regional para la producción de conocimiento y la planificación de políticas públicas a nivel nacional y regional. Esto inmediatamente fue visto como una gran amenaza para el interés de las grandes transnacionales del sector minero, que son las instituciones que detentan esa información”, recuerda Bruckmann.

 

Otro de los hitos integracionistas de la UNASUR estuvo expresado en la coordinación del Consejo de Defensa Sudamericano (CDS), un anillo doctrinario que pretendía alejar a la región de los últimos corsé de la Guerra Fría: el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR), un molde impulsado en su momento por los Estados Unidos para englobar a todo el arco interamericano en su disputa estratégica contra el bloque comunista.

 

“El marcado contenido político del regionalismo post-liberal es también visible en la propuesta de creación del CDS, planteada por su Presidente Lula da Silva el 4 de marzo de 2008. La iniciativa del Consejo de Defensa Sudamericano parece confirmar la estrategia seguida por este país en relación a Venezuela, regionalizando y sudamericanizando las propuestas del Presidente Chávez. Es decir, reconduciéndolas de forma que sean compatibles con la estrategia de liderazgo regional de Brasil, y promover consensos viables incorporando los intereses de otros países, y limando las aristas más radicales del chavismo”, precisa el profesor de la Universidad Complutense de Madrid José Antonio Sanahuja.

 

¿En qué momento está parada la región? Tomemos como punto de partida lo explicitado por la Red Latinoamericana por Justicia Económica y Social (LATINDADD) en un documento suscripto en México durante la III Conferencia Regional “Nuestra América en Disputa”: “Hemos constatado que nuestra región en términos políticos vive una fuerte ofensiva conservadora sustentada nuevamente en un fundamentalismo neoliberal económico y un fundamentalismo religioso, ambos, negadores de derechos económicos, políticos, sociales, culturales. Constatamos que este Siglo XXI inició con la irrupción de propuestas políticas transformadas en gobiernos con agendas progresistas y de cambio. Pero, no sólo no lograron consolidarlas, sino que no lograron profundizar la ruptura con el viejo modelo dominante. Es cierto que la inclusión social de millones de excluidos y excluidas es el logro más tangible de ese período, pero es también tangible, el déficit en transformar el modelo, no se logró transitar decisivamente por modificar la matriz productiva extractivista de la región”.

 

El país donde se desarrolló la III Conferencia Regional “Nuestra América en Disputa” es un buen disparador geográfico. El entrante gobierno de Andrés Manuel López Obrador (AMLO) cerró un larguísimo ciclo del bipartidismo conservador conocido como PRIAN (en alusión a los partidos neoliberales PRI y PAN). Por lo tanto, México podría trastocar, si es que AMLO establece conexiones económicas con el sur, uno de los ordenadores geocomerciales tradicionales de Nuestra América. Es decir, reducir la fractura económica existente entre América Central, el Caribe con respecto a América del Sur.

 

Además, en la arena diplomática, México ya ha producido un vuelco en la Alianza del Pacífico, bloque económico del que es parte, al ofrecer una salida dialogada para zanjar la crisis político venezolana. En ese sentido, el gobierno de López Obrador junto al gobierno uruguayo del Frente Amplio constituyen un minibloque con voz propia en el actual tablero interamericano. Además del tándem México- Uruguay, persisten las propuestas bolivarianas de Venezuela y Bolivia, con un margen de influencia acotado a economías pequeñas como Surinam y algunos Estados caribeños, donde aún pesa la diplomacia petrolera de Venezuela.

 

Pero, más allá de las administraciones citadas, el resto de los países sudamericanos están decididos a no volver a la UNASUR, y sí a edificar una arquitectura política regional suave, expresada por ahora en el Grupo de Lima y el Foro ProSur. Mesas desinteresadas en dotar de autonomía al arco zonal, y muy identificadas con la hoja de ruta vincular propuesta por los Estados Unidos.

 

Tal como están planteadas las orientaciones geocomerciales de los actores estatales sudamericanos, la región se encamina a ser un actor político irrelevante en el escenario global. El sistema mundo está estructurado en grandes bloques político- comerciales. Hoy en la agenda global pesan los países-continente como Estados Unidos, China, Rusia, y los bloques económicos: la Unión Europea, la Unión Africana, la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (ASEAN). A su vez, con la emergencia de los llamados populismos de derecha, hay un refuerzo del amurallamiento comercial. Existe un regreso al diseño comercial intramuros para reforzar la posición arancelaria propia. Más allá de las bravuconadas ideológicas explicitadas por los mandatarios en la arena mediática, cada bloque busca proteger su economía y potenciar su voz en las discusiones políticas más sensibles.

 

Nuevamente, ¿Cómo está parada Sudamérica en la coyuntura descripta? Con notoriedad, la región aparece deshilachada en el escenario global. Sus últimos pasos están imantados a la coyuntura venezolana, y con proposiciones siempre confrontativas, buscando acelerar la descomposición de la gobernabilidad venezolana, lo que potenciaría los desequilibrios migratorios en el Cono Sur.

 

La UNASUR experimentó pasos duales, algunos fueron sólidos, otros pecaron de voluntarismo. Pero, contaba una agenda nutrida agenda de discusión en pos de ganar autonomía en el escenario interamericano y global.

En cambio, las elites económicas de Sudamérica y la mayoría de los gobiernos sudamericanos, hoy acoplados en una misma sintonía, no parecen tener interés en generar un proyecto político a largo plazo. Las voces de sus gobernantes parecen un eco de lo dicho con anterioridad por el Departamento de Estado y el Comando Sur estadounidense.

 

La segunda década del siglo XXI no nos encuentra unidos ni dominados, sino algo mucho más contraproducente. Sus gobernantes traslucen una visión poco estratégica, su agenda regional parece reducida a una cuestión unidimensional: congraciarse con la estrategia de desgaste estadounidense contra el gobierno venezolano. En última instancia, sus mesas de enlace emergentes –el Grupo de Lima o el Foro ProSur- irradian ideología. Una bruma de sobreactuaciones nubla a la región desde la Amazonía hacia los Andes, y desde el Caribe a la Patagonia. Si despojamos a Sudamérica de esa vocifería queda expuesto un hecho objetivo: la carencia absoluta de un proyecto político.

 

 

 

 

 

 

Share on Facebook
Share on Twitter
Please reload

Entradas destacadas

?Quién paga la crisis del Covid-19¿

June 3, 2020

1/8
Please reload

Entradas recientes

April 16, 2020

Please reload

Archivo