“La UNASUR no avalaría las reformas del FMI”


Mónica Bruckmann es peruana aunque reside y trabaja en Brasil. Doctora en Ciencia Política, en la actualidad ejerce como Profesora de la Universidad Federal de Río de Janeiro, donde está a cargo de materias como Política Internacional, Política en América Latina y Teoría Política Contemporánea.


En la siguiente entrevista con SES América Latina, Bruckmann analiza la actual coyuntura zonal cruzada por una situación inédita: menos de la mitad de los gobiernos sudamericanos permanecen en la UNASUR, mientras el resto de las administraciones han suscripto nueva mesa de coordinación política: la llamada ProSur.


Además, Bruckman recuerda cuáles fueron, a su entender, los mejores pasos dados por la UNASUR en pos de ganar grados de autonomía política frente a las potencias occidentales. Por último, la profesora de la Universidad de Río de Janeiro da su opinión sobre cómo incidirá la llamada “nueva ruta de la seda” diseñada por el gobierno chino en la inserción económica internacional de América Latina.


-La Unasur está paralizada. A su vez, el eje conservador latinoamericano está impulsando un nuevo organismo llamado ProSur. ¿Cuál cree que es el objetivo estratégico trazado por la mayoría de los gobiernos latinoamericanos y las elites zonales?


-Lo que podemos observar, en principio, es que el inicio del siglo XXI tuvo como una característica central la participación gravitante de las fuerzas progresistas en el tablero latinoamericano. El péndulo político había girado con notoriedad hacia la izquierda. Entonces, fue gracias al impulso de esos gobiernos, y de figuras como Hugo Chávez, Lula en Brasil, Néstor Kirchner, Evo Morales, Rafael Correa, que se instaura en la agenda regional un marcado horizonte de integración política.


Una integración basada en la soberanía económica. Y ese horizonte se oponía a la visión estratégica de Estados Unidos para la región. Recordemos que el proyecto de entonces de Washington para su frontera sur era aunar un espacio común de liberarización comercial. Ese plan que tomó el nombre de ALCA fracasó en la recordada Cumbre de las Américas de Mar del Plata.


Entonces, decía, gracias a esa oleada progresista es que nace, primero, la UNASUR en el año 2007, unos años después emerge la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC), y el MERCOSUR se profundiza mucho más allá de la convergencia económica conseguida.


-Entonces, a partir de los avances que señalas, ¿Por qué la mayoría de los actuales gobiernos zonales buscan generar otra mesa de enlace?


-Claro, el punto de inflexión del mapa aludido llega a fines de 2015, con el triunfo de (Mauricio) Macri en Argentina. El nuevo eje conservador regional intenta, desde un principio, clausurar los espacios de convergencia autónomos que el boom progresista había alumbrado durante los primeros años del presente siglo. Entonces, la crisis de la UNASUR tiene que ser analizada desde el notorio cambio en la relación de fuerzas que se da entre los gobiernos populares y las administraciones neoliberales del Cono Sur.


Los gobiernos que hoy conducen el destino político y económico de la zona tienen una notoria identificación con el proyecto geoestratégico interamericano impulsado por los Estados Unidos. Entonces, son gobiernos como el de Argentina, Brasil, el de Ecuador en este momento también, que se van alineando a la visión estratégica de Donald Trump para el hemisferio. Una visión que no da a lugar a los proyectos de autodeterminación para las economías latinoamericanas.


Repito, no es sorprendente que los nuevos foros de integración que están surgiendo sean un calco de lo que fue la Alianza del Pacífico en su momento. Ese fue el primer intento de contrapesar la influencia que tenía la Unasur en la agenda política sudamericana. Otro ejemplo que condensa la actual hegemonía ideológica zonal es el llamado Grupo de Lima.


-La agenda económica sudamericana se tramita en dos bloques, la Alianza del Pacífico y el Mercosur, hoy bastante coincidentes en sus agendas. Ahora bien, ¿Cuál sería entonces el norte de trabajo del Grupo de Lima y del naciente ProSur?


-Creo que, centralmente, el Grupo de Lima y ProSur retoma la tradicional visión panamericana impulsada por los Estados Unidos. Los nuevos espacios mencionados también llegan en un momento de reorganización de la ultraderecha a escala regional y global. La nueva ofensiva conservadora tiene fundamentalmente un trazado mundial donde Estados Unidos está dispuesto a ir por todo para tratar de mantener su condición de potencia, lugar de privilegio global que hoy está muy en discusión.


Yo creo que las oligarquías locales no sólo no asumen las consecuencias sociales nefastas a las que lleva el neoliberalismo, además desean impulsar reformas de ajuste laboral y previsional muy profundas. Gobiernos como el de Brasil y Argentina están dispuestos a la entrega de los recursos naturales estratégicos propios. Ese paquete que incluye la militarización de los territorios consolida la alianza con los Estados Unidos.


Ahora, debemos poner en la mesa de análisis el siguiente elemento: Estados Unidos es una economía en crisis. Entre los años 2012 y 2015, su tasa de crecimiento subió entre dos y puntos gracias a la producción de hidrocarburos no convencionales. Pero, ahora, el ciclo en alza del gas shale y del fracking se agotó. Por eso considero que Estados Unidos avanza hacia un estancamiento de su economía. El propio FMI advierte desde el año 2014 que la potencia del norte ha dejado de ser la principal economía mundial, y marca que hacia el año 2050 podría retroceder un casillero más, para colocarse detrás de la China y la India.


Entonces, lo que están haciendo las oligarquías zonales es establecer una alianza, en algunos casos sin condiciones, como el caso de Bolsonaro, con el gobierno de Trump, que está al frente de una potencia en decadencia. Es una alianza de carácter ideológica y eso es un talón de Aquiles. Porque, claro, EE.UU. basa su liderazgo zonal en su fuerte incidencia en el tablero mediático, pero en lo estrictamente económico no hay una convergencia de visos estratégicos entre Washington y sus socios latinoamericanos.


-¿Cuál es su balance sobre lo hecho por la Unasur? Si bien la región trazó planes comunes incluso en la exportación de minerales con valor agregado; a su vez, la institucionalidad del bloque era baja. ¿Qué opina al respecto?


-La UNASUR va ganando capilaridad a partir del año 2009. No sólo interviniendo en escenarios de inestabilidad política como el golpe parlamentario contra el presidente Fernando Lugo en Paraguay. Junto a esa movilización política en defensa de la democracia y de la no injerencia externa en los asuntos domésticos se fue construyendo una capilaridad institucional muy significativa.


Por ejemplo, el organismo creó los llamados Consejos Ministeriales, que llegaron a ser doce: Economía, Finanzas, Educación, Ciencia y Tecnología. Instancias coincidentes con las instituciones nacionales encargadas de fabricar políticas públicas en cada uno de los países socios. Y además cada Consejo tenía comisiones técnicas para seguir temas específicos.


Con la llegada del venezolano Alí Rodríguez Araque este proceso cobra aún una mayor dinámica. En el año 2011 él propone en una reunión de Jefes de Estado la necesidad de avanzar hacia un plan común en el cuidado de nuestros recursos naturales estratégicos. La propuesta era dejar de ser una plataforma exportadora de materias primas para pasar a ser una región con voz propia para darle valor agregado a nuestros cuantiosos recursos naturales.


Esa agenda no sólo era productivista, también abordaba la cuestión del impacto ambiental, la coordinación científico tecnológica. En fin, era un plan bastante ambicioso. Incluso, el cuarto eje de la agenda común en recursos naturales invitaba a qué los países piensen planes de contención social para las poblaciones de los territorios donde están asentadas nuestras riquezas petroleras, mineras o sojeras.


Eso derivó en una posterior reunión de alto nivel de la UNASUR en Caracas durante el 2012 cuya consigna central era “Recursos Naturales y desarrollo integral de América del Sur”. Ahí nació el proyecto de crear un Servicio Geológico Sudamericano, una institución estratégica porque sistematizan la data geocientífica, las reservas de recursos naturales. Las grandes potencias comenzaron a edificar su poderío con instituciones de estudio de ese estilo. No es casual que Inglaterra haya sido el primer país en crear un Servicio Geológico.


-¿No era un objetivo demasiado ambicioso por parte del organismo?


-No tanto. Sudamérica tiene condición de tallar en el precio de algunas commodities, por ejemplo en el cobre. Dos o tres países de la región, Chile y Perú por ejemplo, poseen el 42% de las reservas mundiales de cobre y, sin embargo, son tomadores de la cotización fijada por el mercado global.


-La derecha regional está intentando generar una coordinadora regional y un mayor enlace político con los gobiernos de Europa y Asia, caso Hungría o Israel, más enfrentados a las políticas estatales y humanitarias. ¿Qué posibilidades reales le otorga a la nueva entente conservadora de expandirse en los países donde no son gobierno?


- Creo que la derecha y los sectores conservadores han sido muy activos a lo largo del siglo XX en crear espacios de articulación regionales y globales. En la actualidad, surgen otros elementos. El gobierno de Bolsonaro tuvo en la campaña presidencial la asesoría directa del gobierno de Trump en un campo muy del siglo XXI: la intervención en redes sociales y la creación de fake news. Todo para que Brasil diera su apoyo a articulaciones hemisféricas muy intervencionistas, como la agresiva voz del Grupo de Lima contra Venezuela.


Por otro lado, en diciembre del año pasado, hubo una cumbre ultraconservadora en Foz de Iguazú que fue impulsada por el hijo de Jair Bolsonaro, que trabaja codo a codo con el Canciller de su país. La idea de ese foro fue integrarse a la reorganización de la ultraderecha mundial. Entonces, veo que Bolsonaro está jugando a liderar la nueva oleada conservadora global en la región. Porque, ahora, no sólo está en juego el petróleo de Venezuela, si no las poderosas fuentes de crudo de Brasil. Con las reservas del zócalo marino ubicado en la costa de Santos, el llamado Pre-Sal, Brasil podría convertirse en la tercera potencia petrolera del planeta.


¿Cuáles son los límites de lo señalado? La movilización popular va a crecer en descontento contra la agenda antisoberana que hoy establecen la mayoría de los gobiernos de la región. Por ahora, eso es una hipótesis. Pero, es lógico que los sectores populares vayan ganando protagonismo en la discusión pública contra la aplicación de proyectos regionales que niegan las conquistas sociales ganadas a inicios de siglo.


-¿Cuán gravitante será en el comercio mundial el diseño chino de la llamada “nueva ruta de la seda”? ¿América Latina está desarrollando estrategias para insertarse en esa matriz geoeconómica? ¿Debería hacerlo, por qué?


-La nueva ruta de la seda se anuncia en septiembre de 2013. Al principio, fue un plan, hoy es un proceso dinámico. Al ser un gran corredor comercial involucra a un 60% de la población mundial, y a más de 70 países. Entonces, nos guste o no, está nueva iniciativa está redefiniendo la economía mundial. Lo que vemos, además, es un desplazamiento de la centralidad económica que va desde EE.UU. y Europa hacia Oriente.


Ahora, ¿Cómo va a afectar esto a América Latina? Básicamente, la región va a poder asociarse con China en proyectos de infraestructura e industriales, lo que supone ganar grados de autonomía y desarrollo soberano. Además, la nueva ruta de la seda va a incrementar la demanda de recursos naturales estratégicos, de minerales metálicos, de minerales industriales. Nuestra región cuenta con un inventario estratégico en esos rubros.


El desafío nuevamente es dejar de ser una plataforma exportadora de materias primas. Eso puede lograrse con un paradigma de coordinación regional distinto al presente. Habría que recuperar la voz autónoma que se intentó articular a inicios de siglo. Por eso, insisto, las élites zonales tienen una gran miopía al intentar destruir los mecanismos de integración creados por el eje progresista.



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