"El viaje de Bolsonaro a Chile lo dice todo"

El triunfo de Jair Bolsonaro, más allá de sus repercusiones domésticas, anticipa un impacto mayúsculo en el entramado económico regional. Alejandro Frenkel, Doctor en Ciencias Sociales y profesor de Relaciones Internacionales en la Universidad Nacional de San Martín, es un joven analista de la escena regional y global, en ese campo ha conseguido tener una voz propia por sus abordajes, usualmente, tan rigorosos como originales. En diálogo con SES América Latina, Frenkel advierte que el primer contacto diplomático de Bolsonaro en Chile perfila un modelo de inserción internacional del gigante brasileño a espaldas del Mercosur.

 

-¿La victoria de Jair Bolsonaro presupone cambios en las relaciones económicas de la región? Puntualmente, ¿Acelera la poca cohesión de sus miembros en su perfil de inserción global?

 

-El triunfo de Bolsonaro, creo, implica la profundización de un proceso de desintegración regional que ya lleva un tiempo. Esa tendencia tiene que ver con un desinterés cada vez más grande por parte de sectores económicos puntuales, cada cual con sus argumentos particulares, con respecto al destino del Mercosur. Pienso y pongo como ejemplo a los empresarios vinculados al agronegocio en Brasil hasta los sectores industriales concentrados de ese país. Pienso también en los productores primarios de Uruguay, o los sojeros paraguayos y argentinos.

 

En ese proceso mencionado hay una percepción cada vez mayor de que el mercado regional es un límite, y no una oportunidad de crecimiento. Repasemos los motivos. Los sectores agroexportadores poseen una demanda muy sostenida de sus productos por parte del mercado asiático. Con lo cual todo proyecto con restricciones comerciales a ellos les genera un desinterés mayúsculo.

 

Luego, con los actores industriales la tensión es más compleja, aunque el cortocircuito mayor con el Mercosur se da en Brasil, porque la FIESP (cámara patronal de San Pablo) entiende que han disminuido considerablemente las exportaciones con valor agregado intrazona. También concluyen que el mercado regional está siendo cada vez más acaparado por China. Su conclusión es, nuestra salida (la del capital industrial local) es salir a competir al mercado global.

 

-¿El triunfo de Bolsonaro implicará que Brasil retome su liderazgo regional, que pareció desdibujarse durante el intinerato de Michel Temer en el Palacio Planalto?

 

-No estoy tan seguro que Brasil haya sido de forma nítida el líder regional como suele marcarse en alguna literatura. Para mí el liderazgo es una categoría problemática. Considero que Sudamérica es una región caracterizada por la ausencia, entre sus miembros, de un tutelaje comercial o político claro con respecto a sus socios. Ni siquiera en el mejor momento de Brasil con Lula (por el ex presidente, hoy preso político) se consumó un liderazgo efectivo brasilero.

 

Para que se de esa característica tiene que darse tres condiciones. Una economía sustentable y lo suficientemente grande para poder contener a sus vecinos, más capacidad militar e influencia cultural. Dos, reconocimiento de los socios zonales sobre ese liderazgo. Y la tercera condición es hacerse cargo de los costos políticos de esa ascendencia regional. Y Brasil no cumplió ninguno de esos tres requisitos. Con Lula, por ejemplo, Brasil fue potencia económica, pero no militar; no obtuvo el reconocimiento completo por parte de sus socios sudamericanos. Tanto en Unasur, que fue un proyecto brasileño, hubo intentos también por imprimir la mirada propia por parte de otros países, y puedo citar a Venezuela, Argentina, y también Colombia, como ejemplos de esa puja zonal.

 

Por último, Brasil, en lo que respecta a la mención de los costos diplomáticos, se desentendió de muchos proyectos conjuntos que había apoyado inicialmente y, luego, al ver que su influencia no era total, terminó sacándole compromisos.

 

Todo lo descripto, pienso que se ahondará durante la presidencia de Bolsonaro. El desplante diplomático que le hizo a la Argentina al oficializar que su primer viaje al exterior será a Chile, lo que rompe con una tradición en el vínculo bilateral, es un ejemplo claro.

 

-¿Qué otros sentidos tiene ese primer contacto exterior de Bolsonaro en Chile?

 

-Me parece relacionado con una política de darle menos importancia a la región. En la concepción del nuevo presidente brasileño hay una idea de poco valor con respecto a Sudamérica y de priorizar la relación con los Estados Unidos. Eso no es algo nuevo en la historia brasileña. Durante el primer gobierno de la dictadura brasileña eso estuvo muy de manifiesto.

 

Por otro lado, con lo que respecta al viaje en sí, Chile representa un modelo de inserción internacional donde la relación con la región está siempre en un segundo plano. Donde Sudamérica sólo es una plataforma para insertarse en el mercado global. Sin embargo, hay algunas agendas comunes donde Bolsonaro quizás busque ser hegemónico. Por ejemplo, en la cuestión Venezuela. Creo que junto a los Estados Unidos buscará imponer sanciones comerciales más duras a Caracas, pero no creo que busque llegar a la opción militar. Pero, sí va a ser más duro contra Venezuela, seguramente, que la postura diplomática expuesta por Argentina.

 

-El proyecto comercial de Bush para las Américas era el ALCA, el de Barack Obama la Alianza del Pacífico, ¿Cuál es el horizonte de vínculo comercial inteamericano propuesto por Donald Trump?

 

-La propuesta de Trump para la región se vio muy claro durante la renegociación del NAFTA. En primer lugar, Washington promueve ahora una vinculación más suscripta en acuerdos bilaterales. No veo por parte de Trump un gran proyecto multilateral en ciernes, como lo fueron el ALCA o la Alianza del Pacífico. Veo el deseo de establecer una estrategia radial. Después observo un ojo de la Casa Blanca muy puesto en China. Es decir, Trump piensa a la región como un terreno de disputa con Beijing. En ese sentido, Bolsonaro puede ser un socio importante de los EE.UU. para contener la penetración comercial del gigante asiático en el Cono Sur.

 

-¿Por qué, a pesar de su postergada negociación, sectores de la Unión Europea y el Mercosur insisten con la intención de suscribir un TLC?

 

-En esa negociación, primero, hay varios actores estatales en juego. Entre los que están a favor podemos mencionar a los actores industrializados europeos más poderosos porque lograrían con la firma un mercado bastante apetecible porque ellos son muy competitivos en ese segmento. Por otro lado, me parece que en la región sudamericana ha disminuido el interés por la concreción del acuerdo. Incluso, de los sectores agroexportadores porque Europa, en las últimas rondas de diálogo, endureció aún más la protección de sus productos primarios.

 

Sin embargo, el gobierno argentino que se presenta como pro globalización insiste con la ventaja del pacto comercial como una idea de vuelta al mundo. Pero, observo a la Argentina muy sola en esa postura. Volviendo a la Unión Europea, los actores estatales interesados que siguen promoviendo la negociación lo hacen porque ven relegados su ascendencia política y comercial en el Cono Sur ante el crecimiento sostenido de China haciendo inversiones y tratados con los países del Mercorsur.

 

-¿Cuál puede ser la novedad a tu criterio de la cumbre del G20 en Buenos Aires en cuánto a hilar un nuevo consenso multilateral?

 

-Es una pregunta difícil porque implica hacer futurología. Por un lado, veo a Estados Unidos muy reacio a estos tipos de foros multilaterales. Eso se vio muy claro en las posturas de la administración Trump durante la última cumbre de la OMC en Buenos Aires. No creo que Washington venga a la Argentina con una voluntad muy cooperativa. Después creo que Argentina, en su rol de anfitrión, se va a conformar con que haya una cumbre pacífica y una declaración final mínima, de suaves consensos.

 

En general, no vislumbro una cumbre de grandes acuerdos, en la línea de lo que fueron las últimas citas del G20, donde no se hilaron consensos trascendentales. Otra dato coyuntural importante para leer la cumbre pasa por la debilidad doméstica que atraviesan varios mandatarios. (Ángela) Merkel, por ejemplo, acaba de anunciar que deja la jefatura del partido. (Emmanuele) Macron también cuenta con poca legitimidad interna en su país. Brasil llega a la cumbre sin su recién electo presidente asumido, algo similar sucede con la Jefatura de Estado de México, que está en transición. En definitiva, esas coyunturas nacionales también van a impactar en el clima de la cumbre de Buenos Aires.

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